jueves 26 de mayo de 2011

El hacha de oro

Manuel Ballester


De mis lecturas infantiles surge el recuerdo de un cuento breve y entrañable. La ocasión ha sido la reciente campaña electoral. Concretamente, lo que se ha oído sobre Educación.
A un leñador se le cayó su hacha al fondo de un río. Un río profundo, un hacha irrecuperable y un leñador desolado. El lamento del leñador convoca a la buena ninfa de ese río. Compadecida, se sumerge para sacar un hacha ¡de oro! El leñador le dice que no, que esa no era la suya. La escena se repite varias veces. Hasta que, finalmente, obtiene el hacha verdadera y, en premio a la honradez, todas las demás. Todo un éxito: ¡oro, plata y bronce!, decía la chiquillería de entonces. El cuento continuaba con otro leñador que intentaba ser más listo que la ninfa y, además de la vergüenza, perdía el hacha.
El asunto era la Educación. Hemos visto a distintos candidatos oficiar de ninfa y ofrecernos su oro: se impulsará la excelencia, la calidad, etc. Y uno se pregunta ¿acaso no dicen todos lo mismo?
Tras los resultados de la evaluación internacional PISA, el ministro socialista declaró que nuestro sistema educativo era magnífico, rezumaba excelencia: oro de ley, vamos. Nuestros alumnos son muy homogéneos, nuestro sistema es muy igualitario. El oro socialista es lo que otros denominamos mediocridad. Con los socialistas, por tanto, la educación más que sacar nota, da la nota. Mientras sólo cambien los lemas electorales pero no las políticas educativas, tendremos más homogeneidad dorada.
Visto lo visto, convendría ahora que el Partido Popular aclarara si se alinea con la mediocridad y dará también la nota o pretende darle la vuelta de verdad a ese modo de entender la excelencia y va a ir por nota. Coherente con este segundo modo de enfocar la cuestión se nos presenta otro de los aspectos que también se han oído. Pretendemos impulsar la “cultura de la evaluación”, dijo la ninfa.
Algunos se quejan del despilfarro que supone traducir en el Congreso del castellano al catalán y viceversa. Los docentes sabemos que eso es quejarse de vicio, porque lo que sí hay que traducir cotidianamente es la jerga en que ha caído últimamente la educación. Que es como si el manual de primeros auxilios no hubiese médico que lo entendiera. Preocupante, ¿verdad? Bueno, “cultura de la evaluación” recientemente ha venido usándose como sinónimo de burocratización de las tareas docentes y ha significado que cuando el alumno no sabe las tablas de multiplicar el profesor ha tenido que justificar el fracaso de su tarea docente con mil papelorios, implementar estrategias motivacionales y un largo, engorrosísimo e inútil etcétera. ¿Recuerdan aquellas calificaciones crípticas “NM: necesita mejorar” que lo mismo valen para Einstein que para Jaimito? Pues es que hay quien sostiene que la enseñanza es un proceso integrador en el que dar calificaciones supone disgregar, traumatizar a las tiernas criaturas con las diez plagas de Egipto a lomos de los jinetes del Apocalipsis. Por eso no quieren que se hagan exámenes y por eso enmascaran la “cultura de la evaluación” con burocracia contra el profesor. Este, no lo olvidemos, es el oro de ley que nos quería volver a vender la izquierda.
Pero “cultura de la evaluación” también podría significar lo que entiende casi todo el mundo: que se van a hacer exámenes a los alumnos. Y que, además, se va a dar publicidad a los resultados: para que los padres sepan a qué atenerse a la hora de elegir centro, por ejemplo. Y me gustaría saber cuando hablamos de “cultura de la evaluación” qué tienen en la cabeza unos y otros. Porque son estilos distintos. Que cada uno ponga sobre el tapete sus cartas y que los ciudadanos vean si prefieren la ocultación del nivel de conocimiento de los alumnos o no.
En ese sentido, no hay que olvidar que, frente a lo que algunos gurús de la progresía vaticinan, el dinero público no es “del viento”, sino que procede de exprimir los bolsillos del público, de los particulares. Bueno sería, pues, que fuesen públicos los frutos de la inversión que se hace en educación. Porque esa, al final, es el “hacha”. Esa es la realidad, la que hemos hecho con nuestro dinero, con nuestras leyes y nuestro trabajo. Y sólo a partir de ahí (de un buen diagnóstico) podremos ir mejorando para conseguir también el oro, la plata, y el bronce.
En caso contrario, mi historia infantil también aludía al listillo que iba directamente a por el oro. Y lo perdía todo. Y daba la nota.

jueves 16 de diciembre de 2010

Las lágrimas del Principito

Manuel Ballester
Publicado en La Opinión el 16 de diciembre de 2010


El Principito, ese entrañable personaje creado por Saint-Exupéry, parece tener siempre una risa encantadora de su parte. Produce una alegre impresión en los lectores y un regusto de esperanzada jovialidad en el recuerdo.
Pero también llora. En una ocasión llora y se derrumba. Su mundo se desploma.
Creía que su amada rosa era única en el universo. Pero descubre un jardín de rosas. Un montón de rosas todas iguales. Y llora porque ha tocado fondo. Otra obra de Saint-Exupéry, Ciudadela, contiene un pasaje que aclara la razón de esas lágrimas:
«…el más perfecto debe ser erigido como ejemplo. Eliges como pedestal la mejor estatua del mejor escultor. Lees a los niños los mejores poemas. Deseas reina a la más bella. Porque la perfección es una dirección que conviene mostrar, aunque esté fuera de tu poder alcanzarla».
Me venían a la cabeza estos textos de Saint-Exupéry ahora que veo a tantos darse palmaditas en la espalda por los resultados de nuestros estudiantes ante la evaluación que realiza el informe internacional PISA. Los irresponsables de Educación del Ministerio y sus acólitos destacan que nuestros alumnos son un jardín de rosas, todos igualitos. Que nuestro sistema educativo está consiguiendo un rebaño muy uniforme. Un paso más que nos aproxima a esos países tan igualitarios que han rehusado asistir a la concesión del Nobel a Liu Xiaobo: ningún “teatro político nos apartará del camino seguro del socialismo”, advierten. Como aquí, ningún informe internacional parece mover a los irresponsables de Educación a apartarse del camino del igualitarismo. La consigna del progretariado es tajante: todo elitismo es malo. Hay que ir a una sociedad igualitaria, donde nadie es mejor ni peor, sino igual.
Frente a esta autocomplaciente lectura ideológica, se alza la gran ausente de las ideologías: la realidad. Y ahí ocurre que cuando queremos a alguien, lo queremos único. Y queremos lo mejor para él. No queremos que sea uno más, del montón. No nos conformamos con que sea igual que los demás, otra rosa más, como todas las rosas.
En apoyo de la realidad, frente a la ideología igualitaria, se alza el lenguaje mismo. Porque la palabra elite viene del latín electus-electi, elegido. De ahí viene también selección. Seleccionar, elegir: esa es la raíz de la élite. Para configurar una selección de fútbol se forma, se prepara y se elige. O sea, va a resultar que el seleccionador es un elitista. Y todos los que intentan enmendarlo y proponen una selección mejor; elitistas también. Y se elige con un criterio de cajón, de sentido común aplastante: se elige a los mejores. Pues al fútbol no parece que haya llegado el virus igualitario: si Liu Xiaobo se hubiese dedicado al fútbol, otro gallo le cantaría.
Y es que el igualitarismo queda muy bien en los manuales, en las proclamas ideológicas y en extintos Ministerios, pero salta hecho añicos el día que le toca a uno en sus carnes. Porque queda de lo más progre eso de que queremos una escuela no elitista, igualitaria ella. Hasta que caemos en la cuenta de que todos queremos para nuestros hijos “lo mejor”. Lo mejor supone que no todo es igual, que hay superioridad, inferioridad y mediocridad. Y para mí y los míos no quiero mediocridad. El progre, al parecer, sí. La Lo(gs)e, al parecer, sí. Y PISA dice que la siembra de esclavos, como la denominara Francisco Giménez Gracia, está dando ya sus frutos.
Mientras, el Principito y demás elitistas se echan a llorar en espera de que los irresponsables de Educación despierten, la cordura se imponga, se extirpe este experimento fallido que es la Lo(gs)e y se recuerde que la esencia de la educación es siempre la experiencia de la grandeza.

domingo 31 de octubre de 2010

Librería Fuentetaja presenta "Adiós al orden. Una historia del Estado", de R. Herrera




El próximo sábado 6 de noviembre, a las 20 horas, en la Librería Fuentetaja (San Bernardo 35, Madrid) se presenta el último libro de Rafael Herrera.

ADIOS AL ORDEN. Una historia sobre la deriva del Estado europeo hasta nuestros días

INTERVENDRÁN

María Blanco, prof. Univ. San Pablo-CEU y miembro Instituto Juan de Mariana.

Francisco Giménez Gracia, Prof. Filosofía, Finalista Premio Vargas LLosa ´97 y Director del Libro de la C.A. de Murcia

Juan Granados, escritor e historiador

Rafael Herrera, autor del libro.

Dicho queda.

jueves 23 de septiembre de 2010

Las enaguas de las maestras

Manuel Ballester
Publicado en La opinión, 23 de septiembre de 2.010


El asunto del vestido y desvestido femenino siempre ha tenido su tirón y su morbo. Pero cuando las leyes se han detenido ahí, el sainete se ha convertido en esperpento.
Mi amiga Celia me envía un impreso de un contrato de trabajo. Se trata de un formulario para maestras fechado en 1923. Me lo hace llegar con intención jocosa, porque la cosa tiene su gracia.
Se expone quiénes son los firmantes del dicho contrato: por un lado, el Consejo de educación de la escuela y, por otra parte, la señorita interesada en tomar a su cargo la tarea de instruir a los niños. Se establece el salario (75 pesetas al mes) y las obligaciones que contrae la trabajadora.
Ahí, en los deberes de la señorita es donde aparecen las enaguas. Y no sólo las enaguas, sino las dimensiones del vestido y las horas a las que tiene que estar en casa y con quién puede y con quién no puede pasear y si puede (que no puede) beber cerveza, etc. Bueno, a estas alturas de milenio es eso: unas risas.
Sin abandonar el humor, que es siempre buena tribuna, cabe plantearse si eso son sólo cosas de otros tiempos. Sin duda la mayoría de nuestras abuelas en aquella época mantenían de hecho tales normas de conducta. El contrato trata, por tanto, de plasmar en papel las “buenas prácticas” que estaban en la calle.
El absurdo se ve con el paso del tiempo. Que se le prohíba a la maestra que use vestidos brillantes o que se tiña el pelo o que se maquille nos parece un dislate, una extravagancia. Pero hay más prohibiciones: por ejemplo, no puede fumar. Así como suena: prohibido fumar, hasta el punto que aparece literalmente estipulado que “este contrato quedará automáticamente anulado y sin efecto si se encontrara a la maestra fumando”. Y adiós a las 75 pesetas mensuales.
Hay en el contrato obligaciones que hoy atenderá otro tipo de personal pero que se entiende que formen parte del contrato, como “Mantener limpia el aula” o, incluso, “encender el fuego a las 7’00 de modo que la habitación esté caliente a las 8’00 cuando lleguen los niños”. Y es lógico que alguien realice tales tareas, porque facilitan el trabajo de enseñar, porque crean un ámbito confortable para el aprendizaje. Están, por tanto, ligados a la actividad que está siendo regulada por el contrato.
Pero, precisamente por eso, hay que poner la obligación de calentar el aula en un plano distinto a las que nos han producido la cuchufleta inicial. De modo que la prohibición de teñirse el pelo y la de fumar han de ser tratadas en igualdad de condiciones si no queremos caer en flagrante contradicción. Sencillamente porque ninguna de ellas atañe a la actividad laboral para la que se realiza el contrato.
Ya Enrique Ujaldón escribió aquí mismo un artículo argumentando de modo que yo no sabría mejorar que legislar en torno al tabaco es, sencillamente, meterse donde no le llaman y, por eso mismo, molestar y sofocar la libertad. O, lo que es lo mismo, que si bien está claro que fumar es malo, la ley ha de permitir que cada quien decida qué hacer con sus pulmones.
Si nos atenemos a la distinción entre ética y política, podríamos decir que la perspectiva presente en el contrato de marras y en los prohibicionistas del tabaco y otras lacras, consiste en intentar lograr el bien (vamos a suponerles buena intención) privado, ético, mediante normas que emanan de la esfera política. Resultado: se estrecha la libertad y se hace el ridículo prescribiendo a la maestra “Usar al menos dos enaguas”.
Otra visión, más sensata, consiste en legislar de modo que se impida que las distintas perspectivas privadas se estorben entre sí. Y será la presión social, la salud, las costumbres cambiantes y un largo etcétera lo que hará que unos fumen, se maquillen o hagan lo que les dé la realísima gana. Esta última perspectiva es liberal, más razonable por tanto, es más difícil porque supone potenciar la libertad individual y restringir el ejercicio del poder cuando se está en él.
De manera que el liberalismo es una doctrina política que no se pronuncia sobre las conductas privadas, sobre la ética, salvo para arbitrar en pro de la convivencia. Mientras que la tesis intervencionista se comporta de hecho como una verdad ética que usa el poder para imponerse a los demás, para corregir la realidad y por eso sitúa la vida bajo el poder del Estado o, lo que es más cierto y temible: bajo el poder de burócratas de la política, gentes sin otro oficio que trepar y organizarles la vida a los demás produciendo normas, reglamentos, manuales y otras malas hierbas. Y es así como adopta aires totalitarios, ridículos y golpea a su principal oponente: la libertad del individuo.

lunes 17 de mayo de 2010

La cultura que viene, según el PP

Por Rafael Herrera Guillén

Hoy, lunes, a las 20 horas, se clausura en el CIM de Cartagena las jornadas sobre el diseño de la política cultural que el PP va a proponer a la sociedad. Intervendrán Rajoy, Valcárcel y Pilar Barreiro.

Varios socios de Ciudadanos para el progreso estaremos allí porque creemos fundamental saber cuáles son los caminos que para la educación y la cultura está diseñando el que puede ser en el futuro el próximo partido en el gobierno.

lunes 3 de mayo de 2010

El caviar del infame

EL CAVIAR DEL INFAME

Manuel Ballester
Publicado en La Opinión, el 24 de abril de 2010


Aplastad al infame, écrasez l’infâme!, repetía Voltaire. Y ahí el infame era, claramente, la Iglesia.
Me gusta ese antiguo alumno de los jesuitas. Voltaire era una figura de la conciencia liberal: innovador, rebelde, inconformista. Y revoltoso. De hecho, parece que elaboró su pseudónimo recolocando las sílabas de esta última palabra: re-vol-tai; aunque hay otras interpretaciones que no son del caso. Si los jesuitas hubiesen aplicado la pedagogía de la Logse en vez de a Voltaire nos habríamos enfrentado a un inadaptado hiperactivo. Pero, como dice sabiamente Pennac en Como una novela: “qué bien se educaba cuando no sabíamos pedagogía”. Por eso, parafraseando a Alberti,
si Voltaire volviera,
yo sería su escudero;
¡qué buen caballero era!
Fundamentalmente por su saber estar plantado ante el totalitarismo, ante el fanatismo. De manera que vaya calando que el poder del tirano reside en el miedo de quien se le somete en silencio.
Otro rasgo del sabio es el sentido del humor. Cuando Rousseau, inspirador de la pedagogía vigente en España, le envió una obra, Voltaire respondió así:

“He recibido su nuevo libro contra la especie humana y le doy las gracias por él. Nunca se ha empleado tanta inteligencia en el designio de hacernos a todos estúpidos. Leyendo su libro se ve que deberíamos andar a cuatro patas. Pero como he perdido el hábito hace más de sesenta años, me veo desgraciadamente en la imposibilidad de reanudarlo. Tampoco puedo embarcarme en busca de los salvajes del Canadá, porque las enfermedades a que estoy condenado, me hacen necesario un médico europeo”.

La ironía es signo de sabiduría. Y, por tanto, se opone al totalitarismo.
Cuando Voltaire tilda de infamia a la Iglesia está diciendo que es una institución desalmada, que ha perdido su espíritu, que ha construido su reino en este mundo y se ha convertido en un poder temporal. Ocurre en la época de Voltaire que lo que San Agustín llamó la Ciudad de Dios vivía en unos pocos corazones y, por el contrario, buena parte de las intenciones y acciones de la Iglesia se hacían fuertes en la Ciudad terrestre.
Pero las instituciones que perduran experimentan ciertos cambios con el paso del tiempo. La Iglesia de la que hemos hablado, contra la que lucha Voltaire es tan Iglesia como la que se curte en las catacumbas, la que persigue Nerón, la que monta instituciones para asistir a los necesitados. Todo eso también es Iglesia. Una institución milenaria que, por eso, ha visto ya de todo: santos y canallas. Si Voltaire volviera no atacaría a Cáritas ni a las monjas de la madre Teresa, ni… Y eso es también Iglesia.
Si Voltaire volviera seguiría animando: écrasez l’infame. Pero habría que señalar un nuevo objetivo. El infame manipula el pensamiento, las conciencias, para engatusar a la gente de modo que disminuya su capacidad crítica y repitan borreguilmente las consignas que se les proporcionen. Se me ocurren varios candidatos pero como el artículo se va alargando, sólo señalaré uno: lo políticamente correcto. Me parece que cumple los requisitos: pretende imponer la verdad absoluta sin rastro de sentido del humor. Y si no me cree, pruebe usted a hacer ciertos chistes que rocen cualquiera de los dogmas de lo políticamente correcto: verá qué risas.
Se impone lo políticamente correcto mediante una modalidad de lenguaje que en francés se denomina “langue de bois”, lengua de madera: una forma de hablar que expresa un pensamiento prefabricado. Eso de que el mero lenguaje evite (e impida) la molesta tarea de pensar es todo un logro para las fatigadas mentes modernas. De ahí el éxito de la “lengua de madera” que, más que un lenguaje auténtico, es un código engañoso, una jerga llena de eufemismos que permite sostener todo y lo contrario.
Uno se pregunta si una persona comprometida con las grandes causas como manda lo políticamente correcto podrá consumir un alimento tan elitista como el caviar. La ilustrativa respuesta se lee en el Manual de lo políticamente correcto de Vladimir Volkoff. Es sabido que se trata de un alimento políticamente neutro que
“Consumido por los intelectuales pertenecientes a la “izquierda caviar” es políticamente correcto.
Suponiendo que hubiese una “derecha caviar” políticamente correcta, lo que no se excluye en modo alguno, el caviar seguiría siendo políticamente correcto.
Consumido por individuos que viven por encima del umbral de pobreza con el propósito de ofender la dignidad de quienes viven por debajo, se vuelve políticamente incorrecto”.
Así con todo, y su contrario. Es claro que esta tesis necesita un desarrollo más amplio. Todo llegará. Adelanto que, tal como lo veo, la mentalidad políticamente correcta es el caballo de Troya del totalitarismo en la democracia: écrasez l’infame, por tanto.

domingo 2 de mayo de 2010

Starbucks.

Por Francisco Giménez Gracia

Publicado en "La Opinión" de Murcia, el 29 de abril de 2010

Me asomo al blog de un amigo donde se apunta la posibilidad de que la cadena de cafeterías Starbucks abra local aquí en Murcia. La fuente es “The Guardian” y la noticia se comenta con un ardor, como no quieran dueñas.

1.- El primer internauta sostiene que, de llevarse a cabo, sería como para matar a todos los murcianos. No aporta mayor argumentación, supongo que porque para exterminar a los murcianos son más precisas las cámaras de gas que los argumentos; de modo que el muchacho es violento, pero no se complica con filosofías inútiles y yo que se lo agradezco. Sin comentarios por mi parte, pues.

2.- Hay otro que farfulla un comentario como el moño de una loca en el que se enredan el imperio americano, el café servido en vasos de papel, el cáncer, la guerra de Irak y Aznar. Que Aznar provoque cáncer no será, desde luego, lo peor que se haya dicho del anterior presidente del gobierno, así que lo encuentro moderado y no le respondo.

3.- Por fin, entra un ciudadano que aporta foto prometedora: kufiya palestina al cuello y barba apta para convertirse en un refugio natural del piojo verde de la memoria histórica. Su fraseología no desmerece del hirsutismo facial: estas multinacionales, sentencia, sólo se mueven por el interés; arrasan con las singularidades culturales, resulta intolerable que esto se consienta en Murcia y son locales para pijos del barrio de Salamanca, no para nuestras raíces árabes ancestrales.

La primera impresión es que me encuentro ante una manifestación más del neorromanticismo reaccionario y apocalíptico de la cabra que no se vende, que en este caso predice que la llegada a Murcia de una empresa foránea supondrá inevitablemente el hundimiento de la Catedral, el olvido de la receta del zarangollo e incluso la desaparición del yacimiento de San Esteban, contingencia esta última cuya sola contemplación me pone los pelos de punta, dicho sea de paso. En cuanto a eso de que Starbucks llegue a Murcia a hacer dinero, que yo sepa, salvo los coros de ángeles, todas las empresas y casi todas las organizaciones humanas persiguen intereses económicos, lo cual resulta ser una aspiración muy legítima, muy beneficiosa socialmente y muy natural, muy sostenible, o sea. Es más, no me fío de nadie que diga otra cosa. Por último, la propuesta del hirsuto para que las autoridades salgan con la porra a evitar que esta empresa venga a Murcia demuestra lo que ya sabemos todos: que los neocomunistas están instalados no ya en el miedo, sino en el odio a la libertad. Inútil argumentar en contra, pues.

En lugar de eso, opto por meterme al blog y largar sin freno, como si estuviera solo, para eso sirve internet, y suelto que ojalá acierte “The Guardian” y Murcia cuente con su Starbucks, que son las cafeterías de la Globalización, que viene a ser como la Alianza de las Civilizaciones, pero sin lobotomizar. Digo también que me divierten estos locales, porque en Europa nos resultan muy americanos, mientras que a los americanos les parecen un trocito de Europa. Es, por tanto, un lugar común, un no lugar, incluso, como los moteles de los USA, espacios fríos, que no establecen relaciones cálidas ni folclóricas con sus usuarios; pero que, por eso mismo, abren un infinito de posibilidades de libertad y, por tanto, de Civilización. En un motel uno sabe que hay hielo, cama, ducha e intimidad, lo cual es más que suficiente como para montarse miles de historias íntimas que transgredan los límites impuestos por la tribu; y, por lo mismo, en los Starbucks la gente se desvincula del lugar, se siente anónima, y eso aumenta la sensación de libertad para beber café, charlar, descansar, leer, asomarse al mundo a través de internet (la cadena ofrece wifi abierta en todos sus locales), seducir y estampar besos perfumados con una menta que sólo se vende allí y que resulta deliciosa; y que todo eso es maravilloso y universal, y explica el triunfo de la cadena en todo el mundo. Digo también que me parece abominable ese intento de imponer una racionalidad cicatera y localista ansiosa de convertir la materia social libre e informe en un cuerpo disciplinado de murcianía (lo cual es una frase digna de los diarios que publica mi amigo Pedro Alberto Cruz, o casi). Sigo la faena puesto en culto, porque sí, porque les toca mucho las narices, lo sé, y suelto que del Starbucks me embelesa hasta el nombre, que coincide con el del primer oficial del Pequod, el barco ballenero que perseguía a Moby-Dick, y eso me evoca el brillo de las estrellas y la fuerza salvaje de los mares abiertos, y la Gran Literatura, ésa que traza la geografía de nuestro Espíritu y que prohíbe la LOGSE; y remato por donde más les duele con que todo allí me sabe a los Estados Unidos de América, ahí es nada, y eso es hablar de Libertad y de las pelotas necesarias para defenderla en la Europa arrasada por los nazis, en la Indochina comunista y exterminadora, en la Cuba que tortura a los periodistas y, por qué no, en Irak, donde, por cierto, se está consolidando la democracia y esa es una muy buena noticia para los iraquíes y para las gentes de bien que apoyamos aquella guerra. Y fue y se armó la de Dios, como ustedes se pueden imaginar, y yo feliz.